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Don Quijote de la Mancha

por Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda Parte, Capítulo XXVII

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Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

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Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en
este capítulo: ''Juro como católico cristiano...''; a lo que su traductor
dice que el jurar Cide Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como
sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, así como el católico
cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que
dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que
quería escribir de don Quijote, especialmente en decir quién era maese
Pedro, y quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos
con sus adivinanzas.

Dice, pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera parte
desta historia, de aquel Ginés de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes,
dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal
agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este
Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue
el que hurtó a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el cómo ni
el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué
entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de
emprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendo
Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando
Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y
después le cobró Sancho, como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso de
no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus
infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo
compuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de Aragón y
cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que esto y
el jugar de manos lo sabía hacer por estremo.

Sucedió, pues, que de unos cristianos ya libres que venían de Berbería
compró aquel mono, a quien enseñó que, en haciéndole cierta señal, se le
subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al oído. Hecho esto,
antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se
informaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué cosas
particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y,
llevándolas bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su
retablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; pero
todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, proponía las
habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y
lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña. Por la respuesta
de cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según tomaba
el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien él
sabía los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada
por no pagarle, él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dicho
tal y tal cosa, que venía de molde con lo sucedido. Con esto cobraba
crédito inefable, y andábanse todos tras él. Otras veces, como era tan
discreto, respondía de manera que las respuestas venían bien con las
preguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo adevinaba
su mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros.

Así como entró en la venta, conoció a don Quijote y a Sancho, por cuyo
conocimiento le fue fácil poner en admiración a don Quijote y a Sancho
Panza, y a todos los que en ella estaban; pero hubiérale de costar caro si
don Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la cabeza al rey
Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el antecedente
capítulo.

Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.

Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, después de haber salido
de la venta, determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todos
aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba
tiempo para todo el mucho que faltaba desde allí a las justas. Con esta
intención siguió su camino, por el cual anduvo dos días sin acontecerle
cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una
loma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al
principio pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella parte, y
por verlos picó a Rocinante y subió la loma arriba; y cuando estuvo en la
cumbre, vio al pie della, a su parecer, más de docientos hombres armados de
diferentes suertes de armas, como si dijésemos lanzones, ballestas,
partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Bajó
del recuesto y acercóse al escuadrón, tanto, que distintamente vio las
banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían,
especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en el
cual estaba pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabeza
levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si
estuviera rebuznando; alrededor dél estaban escritos de letras grandes
estos dos versos:

No rebuznaron en balde

el uno y el otro alcalde.

Por esta insignia sacó don Quijote que aquella gente debía de ser del
pueblo del rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en el
estandarte venía escrito. Díjole también que el que les había dado noticia
de aquel caso se había errado en decir que dos regidores habían sido los
que rebuznaron; pero que, según los versos del estandarte, no habían sido
sino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza:

-Señor, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que
entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y
así, se pueden llamar con entrambos títulos; cuanto más, que no hace al
caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores,
como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique está de rebuznar
un alcalde como un regidor.

Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido salía a pelear con
otro que le corría más de lo justo y de lo que se debía a la buena
vecindad.

Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que
nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadrón le
recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don
Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente, llegó hasta el
estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los más
principales del ejército, por verle, admirados con la admiración
acostumbrada en que caían todos aquellos que la vez primera le miraban. Don
Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni
le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo el
suyo, alzó la voz y dijo:

-Buenos señores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáis
un razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y
enfada; que si esto sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré un
sello en mi boca y echaré una mordaza a mi lengua.

Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le
escucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo:

Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas,
y cuya profesión la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los
menesterosos. Días ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os
mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y,
habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro
negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis engañados en teneros
por afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero,
si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular quién
cometió la traición por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego
Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que
solo Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey; y así,
retó a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es
verdad que el señor don Diego anduvo algo demasiado, y aun pasó muy
adelante de los límites del reto, porque no tenía para qué retar a los
muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a
las otras menudencias que allí se declaran; pero, ˇvaya!, pues cuando la
cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la
corrija. Siendo, pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino,
provincia, ciudad, república ni pueblo entero, queda en limpio que no hay
para qué salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es;
porque, ˇbueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja
con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos,
jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca de
los muchachos y de gente de poco más a menos! ˇBueno sería, por cierto, que
todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino
hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por pequeña que fuese!
No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las repúblicas
bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las
espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por
defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley
natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y
hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le
quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en
defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden
agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar
las armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y
pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo
razonable discurso; cuanto más, que el tomar venganza injusta, que justa no
puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que
profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y
que amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo
dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de
Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios
y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo
legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así,
no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis
señores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a
sosegarse.

-El diablo me lleve -dijo a esta sazón Sancho entre sí- si este mi amo no
es tólogo; y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.

Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestaban
silencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni no se pusiere
en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó
la mano por él, diciendo:

-Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero de
la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo
muy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuanto
trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña; y así, no hay más que hacer
sino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuanto
más, que ello se está dicho que es necedad correrse por sólo oír un
rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando
que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y
propiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y
no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos; y,
aunque por esta habilidad era invidiado de más de cuatro de los estirados
de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad,
esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vez
aprendida, nunca se olvida.

Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamente,
que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto
a él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la mano
tenía, y diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con
Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho,
arremetió al que le había dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos
los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo
que llovía sobre él un nublado de piedras, y que le amenazaban mil
encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvió las riendas a
Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se salió de entre ellos,
encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase,
temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le
saliese al pecho; y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba.

Pero los del escuadrón se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho
le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras su
amo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió las
huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues,
don Quijote buen trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y
atendióle, viendo que ninguno le seguía.

Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y, por no haber salido
a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y
alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos,
levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.

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