Pictures of Spain Castile-La Mancha Photo Gallery
 
Web infolamancha.com

InfoLaMancha.com libros gratis en la red


Don Quijote de la Mancha

por Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda Parte, Capítulo XXVI

leer en inglés ENGLISH

Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas

<- Previo Capítulo|Índice de Don Quijote|Siguiente Capítulo ->

Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos
los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas,
cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y
dispararse mucha artillería, cuyo rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó
la voz el muchacho, y dijo:

-Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada
al pie de la letra de las corónicas francesas y de los romances españoles
que andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata
de la libertad que dio el señor don Gaiferos a su esposa Melisendra, que
estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña, que
así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas
mercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquello
que se canta:

Jugando está a las tablas don Gaiferos,

que ya de Melisendra está olvidado.

Y aquel personaje que allí asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las
manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el
cual, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y
adviertan con la vehemencia y ahínco que le riñe, que no parece sino que le
quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que
dicen que se los dio, y muy bien dados; y, después de haberle dicho muchas
cosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar la libertad de
su esposa, dicen que le dijo:

''Harto os he dicho: miradlo''.

Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas y
deja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de
la cólera, lejos de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y
a don Roldán, su primo, pide prestada su espada Durindana, y cómo don
Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil
empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar;
antes, dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien
estuviese metida en el más hondo centro de la tierra; y, con esto, se entra
a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a
aquella torre que allí parece, que se presupone que es una de las torres
del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafería; y aquella dama que
en aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que
desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y, puesta la
imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren
también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No veen
aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se
llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en
mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpiárselos
con la blanca manga de su camisa, y cómo se lamenta, y se arranca de pesar
sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren
también cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores es el rey
Marsilio de Sansueña; el cual, por haber visto la insolencia del moro,
puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego prender, y
que le den docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de la
ciudad,

con chilladores delante

y envaramiento detrás;

y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no
habiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay
"traslado a la parte", ni "a prueba y estése", como entre nosotros.

-Niño, niño -dijo con voz alta a esta sazón don Quijote-, seguid vuestra
historia línea recta, y no os metáis en las curvas o transversales; que,
para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.

También dijo maese Pedro desde dentro:

-Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que
será lo más acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos,
que se suelen quebrar de sotiles.

-Yo lo haré así -respondió el muchacho; y prosiguió, diciendo-: Esta figura
que aquí parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de
don Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado
moro, con mejor y más sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de
la torre, y habla con su esposo, creyendo que es algún pasajero, con quien
pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:

Caballero, si a Francia ides,

por Gaiferos preguntad;

las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el
fastidio; basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes
alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y
más ahora que veemos se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas del
caballo de su buen esposo. Mas, ˇay, sin ventura!, que se le ha asido una
punta del faldellín de uno de los hierros del balcón, y está pendiente en
el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso cielo socorre
en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se
rasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar al
suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a
horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los
brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se
caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantes
caballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que va
contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su
señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y
regocijados toman de París la vía. ˇVais en paz, oh par sin par de
verdaderos amantes! ˇLleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin
que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! ˇLos ojos de vuestros
amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los de
Néstor sean, que os quedan de la vida!

Aquí alzó otra vez la voz maese Pedro, y dijo:

-Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.

No respondió nada el intérprete; antes, prosiguió, diciendo:

-No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la
bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio,
el cual mandó luego tocar al arma; y miren con qué priesa, que ya la ciudad
se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las
mezquitas suenan.

-ˇEso no! -dijo a esta sazón don Quijote-: en esto de las campanas anda muy
impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino
atabales, y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto
de sonar campanas en Sansueña sin duda que es un gran disparate.

Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar y dijo:

-No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote, ni quiera llevar las
cosas tan por el cabo que no se le halle. ¿No se representan por ahí, casi
de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con
todo eso, corren felicísimamente su carrera, y se escuchan no sólo con
aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que,
como yo llene mi talego, si quiere represente más impropiedades que tiene
átomos el sol.

-Así es la verdad -replicó don Quijote.

Y el muchacho dijo:

-Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de
los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas
que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han
de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que
sería un horrendo espetáculo.

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote,
parecióle ser bien dar ayuda a los que huían; y, levantándose en pie, en
voz alta, dijo:

-No consentiré yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería a
tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos.
ˇDeteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo
sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto
al retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover
cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a
otros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y, entre otros muchos, tiró
un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le
cercenara la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de
mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

-Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que
derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de
pasta. ˇMire, pecador de mí, que me destruye y echa a perder toda mi
hacienda!

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles,
tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con
todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus
jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno,
partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotóse el senado de los
oyentes, huyóse el mono por los tejados de la ventana, temió el primo,
acobardóse el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo,
porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su
señor con tan desatinada cólera. Hecho, pues, el general destrozo del
retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo:

-Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen,
ni quieren creer, de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros
andantes: miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don
Gaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya la
hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algún
desaguisado. En resolución, ˇviva la andante caballería sobre cuantas cosas
hoy viven en la tierra!

-ˇVivan en hora buena -dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro-, y
muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:

Ayer fui señor de España...

y hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía!

No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de
emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos
caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre
y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a
mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada
deste señor caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y endereza
tuertos, y hace otras obras caritativas; y en mí solo ha venido a
faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá
donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste
Figura había de ser aquel que había de desfigurar las mías.

Enternecióse Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y díjole:

-No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el corazón; porque
te hago saber que es mi señor don Quijote tan católico y escrupuloso
cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te
lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.

-Con que me pagase el señor don Quijote alguna parte de las hechuras que me
ha deshecho, quedaría contento, y su merced aseguraría su conciencia,
porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su
dueño y no lo restituye.

-Así es -dijo don Quijote-, pero hasta ahora yo no sé que tenga nada
vuestro, maese Pedro.

-¿Cómo no? -respondió maese Pedro-; y estas reliquias que están por este
duro y estéril suelo, ¿quién las esparció y aniquiló, sino la fuerza
invencible dese poderoso brazo?, y ¿cúyos eran sus cuerpos sino míos?, y
¿con quién me sustentaba yo sino con ellos?

-Ahora acabo de creer -dijo a este punto don Quijote- lo que otras muchas
veces he creído: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino
ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las
mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo,
señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que
pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don
Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alteró
la cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar
ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis
visto; si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me
persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de
malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo que
quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pagárselo luego, en
buena y corriente moneda castellana.

Inclinósele maese Pedro, diciéndole:

-No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote
de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y
menesterosos vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán
medianeros y apreciadores, entre vuesa merced y mí, de lo que valen o
podían valer las ya deshechas figuras.

El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó del
suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:

-Ya se vee cuán imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, me
parece, salvo mejor juicio, que se me dé por su muerte, fin y acabamiento
cuatro reales y medio.

-ˇAdelante! -dijo don Quijote.

-Pues por esta abertura de arriba abajo -prosiguió maese Pedro, tomando en
las manos al partido emperador Carlomagno-, no sería mucho que pidiese yo
cinco reales y un cuartillo.

-No es poco -dijo Sancho.

-Ni mucho -replicó el ventero-; médiese la partida y señálensele cinco
reales.

-Dénsele todos cinco y cuartillo -dijo don Quijote-, que no está en un
cuartillo más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto
maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de
hambre.

-Por esta figura -dijo maese Pedro- que está sin narices y un ojo menos,
que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales
y doce maravedís.

-Aun ahí sería el diablo -dijo don Quijote-, si ya no estuviese Melisendra
con su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en
que iban, a mí me pareció que antes volaba que corría; y así, no hay para
qué venderme a mí el gato por liebre, presentándome aquí a Melisendra
desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holgándose en Francia
con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, señor
maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana. Y
prosiga.

Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volvía a su
primer tema, no quiso que se le escapase; y así, le dijo:

-Ésta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la
servían; y así, con sesenta maravedís que me den por ella quedaré contento
y bien pagado.

Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que
después los moderaron los dos jueces árbitros, con satisfación de las
partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, además desto,
que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo
de tomar el mono.

-Dáselos, Sancho -dijo don Quijote-, no para tomar el mono, sino la mona; y
docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que
la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y
entre los suyos.

-Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono -dijo maese Pedro-, pero no
habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le
han de forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos.

En resolución, la borrasca del retablo se acabó y todos cenaron en paz y en
buena compañía, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.

Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y
ya después de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y
el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su
camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese
Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con don Quijote, a
quien él conocía muy bien, y así, madrugó antes que el sol, y, cogiendo las
reliquias de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras.
El ventero, que no conocía a don Quijote, tan admirado le tenían sus
locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden
de su señor, y, despidiéndose dél, casi a las ocho del día dejaron la venta
y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que así conviene para dar
lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa
historia.

<- Previo Capítulo||Arriba||Siguiente Capítulo ->