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Don Quijote de la Mancha

por Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda Parte, Capítulo XXIV

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Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

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Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribió
su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al capítulo de la
aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas, de
mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:

''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don
Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda
escrito: la razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido
contingibles y verisímiles, pero ésta desta cueva no le hallo entrada
alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos
razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más
verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible;
que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero
que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no
pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si
esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla
por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo
que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por
cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo
que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con
las aventuras que había leído en sus historias''.

Y luego prosigue, diciendo:

Espantóse el primo, así del atrevimiento de Sancho Panza como de la
paciencia de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su
señora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición
blanda que entonces mostraba; porque, si así no fuera, palabras y razones
le dijo Sancho, que merecían molerle a palos; porque realmente le pareció
que había andado atrevidillo con su señor, a quien le dijo:

-Yo, señor don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada
que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas.
La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad.
La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos,
con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán
para el Ovidio español que traigo entre manos. La tercera, entender la
antigüedad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del
emperador Carlomagno, según puede colegirse de las palabras que vuesa
merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio
que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: ''Paciencia y
barajar''; y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado,
sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador
Carlomagno. Y esta averiguación me viene pintiparada para el otro libro que
voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención
de las antigüedades; y creo que en el suyo no se acordó de poner la de los
naipes, como la pondré yo ahora, que será de mucha importancia, y más
alegando autor tan grave y tan verdadero como es el señor Durandarte. La
cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana,
hasta ahora ignorado de las gentes.

-Vuestra merced tiene razón -dijo don Quijote-, pero querría yo saber, ya
que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus
libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos.

-Señores y grandes hay en España a quien puedan dirigirse -dijo el primo.

-No muchos -respondió don Quijote-; y no porque no lo merezcan, sino que no
quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfación que parece se debe al
trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo que puede suplir
la falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas,
quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos; pero quédese
esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde recogernos
esta noche.

-No lejos de aquí -respondió el primo- está una ermita, donde hace su
habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser
un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita
tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo,
aunque chica, es capaz de recibir huéspedes.

-¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? -preguntó Sancho.

-Pocos ermitaños están sin ellas -respondió don Quijote-, porque no son los
que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían
de hojas de palma y comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por
decir bien de aquéllos no lo digo de aquéstos, sino que quiero decir que al
rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora;
pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los
juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se
finge bueno que el público pecador.

Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban venía un hombre a
pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que venía cargado de
lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de largo.
Don Quijote le dijo:

-Buen hombre, deteneos, que parece que vais con más diligencia que ese
macho ha menester.

-No me puedo detener, señor -respondió el hombre-, porque las armas que
veis que aquí llevo han de servir mañana; y así, me es forzoso el no
detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la
venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es
que hacéis este mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré
maravillas. Y a Dios otra vez.

Y de tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar don Quijote de
preguntarle qué maravillas eran las que pensaba decirles; y, como él era
algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó
que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin
tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.

Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de
la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a
don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho
Panza, cuando encaminó el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don
Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que ordenó que el
ermitaño no estuviese en casa; que así se lo dijo una sotaermitaño que en
la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió que su señor no lo
tenía, pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena gana.

-Si yo la tuviera de agua -respondió Sancho-, pozos hay en el camino,
donde la hubiera satisfecho. ˇAh bodas de Camacho y abundancia de la casa
de don Diego, y cuántas veces os tengo de echar menos!

Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho
toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa;
y así, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto
un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, debían
de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque
traía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la
camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso
de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre de
rostro, y, al parecer, ágil de su persona. Iba cantando seguidillas, para
entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a él, acababa de cantar
una, que el primo tomó de memoria, que dicen que decía:

A la guerra me lleva

mi necesidad;

si tuviera dineros,

no fuera, en verdad.

El primero que le habló fue don Quijote, diciéndole:

-Muy a la ligera camina vuesa merced, señor galán. Y ¿adónde bueno?
Sepamos, si es que gusta decirlo.

A lo que el mozo respondió:

-El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde voy
es a la guerra.

-¿Cómo la pobreza? -preguntó don Quijote-; que por el calor bien puede ser.

-Señor -replicó el mancebo-, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de
terciopelo, compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me
podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y,
así por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas
compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi
plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta el
embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y
por señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.

-Y ¿lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? -preguntó el primo.

-Si yo hubiera servido a algún grande de España, o algún principal
personaje -respondió el mozo-, a buen seguro que yo la llevara, que eso
tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alférez o
capitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serví
siempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tan
mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad
della; y sería tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna
siquiera razonable ventura.

-Y dígame, por su vida, amigo -preguntó don Quijote-: ¿es posible que en
los años que sirvió no ha podido alcanzar alguna librea?

-Dos me han dado -respondió el paje-; pero, así como el que se sale de
alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le vuelven sus
vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los negocios
a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que
por sola ostentación habían dado.

-Notable espilorchería, como dice el italiano -dijo don Quijote-; pero, con
todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena
intención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni
de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor
natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se
alcanzan, si no más riquezas, a lo menos, más honra que por las letras,
como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado más
mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan un no sé qué los de las
armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se halla en
ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llévelo
en la memoria, que le será de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es
que, aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que
el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es
el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano,
cuál era la mejor muerte; respondió que la impensada, la de repente y no
prevista; y, aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del
verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento
humano; que, puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o
ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es
morir, y acabóse la obra; y, según Terencio, más bien parece el soldado
muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama
el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que
mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a
pólvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio,
aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá
coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto
más, que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldados
viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen
hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no
pueden servir, y, echándolos de casa con título de libres, los hacen
esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y
por ahora no os quiero decir más, sino que subáis a las ancas deste mi
caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la mañana seguiréis
el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.

El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en
la venta; y, a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí:

-ˇVálate Dios por señor! Y ¿es posible que hombre que sabe decir tales,
tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho, diga que ha visto los
disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien,
ello dirá.

Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochecía, y no sin gusto de
Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por
castillo, como solía. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote preguntó
al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió
que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus
jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor
lugar de la caballeriza.

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